Reparando el Daño en la Adolescencia

¿CREES EN LAS SEGUNDAS OPORTUNIDADES?
Con mucha claridad puedo ver lo que viví en mi adolescencia. Siempre pienso en esa fantasía universal, “si hubiera”. Cómo regresar a ese momento y tomar un control en conciencia de lo que empezaba a vislumbrar para mi vida. Cierto es que al haber crecido en una familia disfuncional no tenía las herramientas necesarias para poder tomar ese control, y encauzar mis talentos y virtudes de una forma óptima. Derroché energía y mi concentración estaba focalizada en buscar atención y afecto de maneras destructivas. La adolescencia es una faceta de vida única e irrepetible que conlleva una energía extraordinaria tanto para la creación como para la destrucción. Los seres humanos por lo general nos acercamos, si es que lo hacemos, con mucho temor a este tema.
Rebeldía, irreverencia, falta de comunicación y exageración, entre otros, son los calificativos que utilizamos para definir la adolescencia.
Es en esta etapa donde como padres podemos recoger los frutos que hemos sembrado. Todo aquello que hayamos negado, ocultado, reprimido sale a flote a la quinta potencia. Si fuimos sobreprotectores, tal vez veamos adolescentes muy rebeldes con mucha inseguridad y sensación de inutilidad. Reclamaremos su falta de responsabilidad y criticaremos su “irracional forma de ser”. Si fuimos negligentes y hubo falta de atención seguramente estaremos preguntándonos cómo es que están encontrándose con amistades “mala influencia” y con facilidad pondremos el énfasis del problema precisamente en el entorno que los rodea y al grupo social que pertenecen.
Hay muchos factores de los cuales puedes no ser responsable por lo que tu hij@ vivió, como los accidentes de la vida y no me refiero solo a los físicos, pero definitivamente puedes apoyarlo. Sin embargo, hay muchas cosas que son las de mayor poder que sí hiciste o dejaste de hacer y por las que en esta etapa tan extraordinaria puedes tomar las riendas, asumir tu responsabilidad y entrar en acción. Para ello es importante hacer un examen de tipo inventario de aquello que crees que no funcionó en tu proceder o que estuvo equivocado. Este inventario debe llevar dos columnas para que anotes también aquellas cosas que crees que hubo acierto o conciencia. Verás que ambos ángulos se relacionan e interactúan entre sí. Y esto es solo el punto de partida donde tendrás que acudir a un guía, llamémosle terapeuta, doctor, shaman, sacerdote, etcétera.
Lo importante es que puedas ver que no te encuentras ante un caos de tus errores sino ante una maravillosa segunda oportunidad de reparar daños.
Lo tienes porque comprar toda la culpa pues los adolescentes son especialistas en vender eso. Pero sí considera que una tajada de ese pastel te corresponde a ti, padre o madre. Analizar como fue o no fue la relación entre padres es imprescindible. Y por supuesto estar abiertos a percibir y aceptar la verdadera esencia de este ser en cuestión para poder ver donde la estamos bloqueando y donde podemos potenciarla.
Requiere sin duda de un gran esfuerzo por que ya no es un pequeño al cual puedes ordenar o manipular fácilmente, seguramente ya conoce tus puntos débiles y se defenderá a toda costa. Lo primero que debes hacer es recuperar su confianza. Con humildad hablar abiertamente de que si hay algunos errores que estás dispuesto a reparar y que estás dispuesto a respetar, proteger y amar cualquier condición que el adolescente esté viviendo.
La terapia familiar es sumamente efectiva en estos casos y la segunda oportunidad es para todos los miembros involucrados, es un momento para caminar por nuevos senderos y de ver la vida desde otras perspectivas; esto es crecimiento.
La presencia de ira, resentimiento, depresión y falta de pertenencia es común y no normal.
Tenemos que dejar de evadir situaciones de adolescentes con las típicas frases de “es normal en la adolescencia” y aprender a diferenciar lo “normal” de lo “común”.
Pidamos con humildad y sin miedo, la guía interna para que la sincronía nos lleve al lugar adecuado para la sanación y el crecimiento. Habitemos en la certeza de que un hermoso reencuentro llegará como consecuencia de la responsabilidad (habilidad de responder) que pongamos en el asunto. Y agradezcamos infinitamente esta segunda oportunidad.
 |