Carta Editorial

Los significados de las cosas, de las palabras, de las personas se han transformado durante toda mi existencia. Lo que antes significaba diversión ahora me parece aburrido, lo que antes no me conmovía ahora me lleva al llanto, lo que antes era indiferencia ahora me estremece. Puedo percibir cómo los seres humanos somos como "máquinas llena de datos" que dependiendo el significado o definición que hayamos puesto a un acontecer, situación o circunstancia, sale automáticamente sin detenerse a discernir por un segundo si esto pudiera ser único, diferente o especial. Si nos enseñaron que el azul es malo, pocas veces investigamos el porqué.

Es muy distinta una cachetada que puede darle una madre a su hijo a una cachetada entre luchadores en un ring de lucha libre o a la cachetada que recibe un payaso mientras realiza su trabajo. Una mirada suele ser para la mayoría de personas una atracción o una amenaza, cuando hay infinitas razones posibles en el mirar.

La palabra “amor” se ha utilizado de formas tan contrarias a su real significado que por eso mucha gente le teme a decir “te amo” o a “sentirse amada”. ¿Por qué tememos tanto a la palabra “amor”? ¿Por qué se vuelve algo que mostramos con muy pocas y exclusivas personas? ¿Quién dice o decide que en una pareja debemos decir “te quiero” a los tres meses de estar saliendo y “te amo” al año de la relación? ¿Por qué nos enorgullecemos al decir "yo nunca había dicho te amo" como si eso le diera más valor a este acto?

Recordemos que venimos a este mundo a desarrollar la capacidad de amar ¿Por qué el “amar” solo lo atribuimos a la persona que puede ser nuestra pareja o a nuestros hijos y familiares, y excluimos a seres, amistades, empresas, países, planeta y a la vida misma?

¿Por qué solemos reprimir las emociones naturales del amor etiquetándolas con fascinación, gusto, ternura o “me cae bien” cuando de pronto conectamos con una persona que acabamos de conocer? No será que simplemente la amamos y no importa si la conocimos hace tres años, cinco o diez… Si alguien nos hace una muestra de cariño o calidez espontánea solemos pensar que son personas acosadoras de las cuales no podemos escapar. Esto puede ser cierto en algunas ocasiones, precisamente porque no se nos enseña ese valor tan extraordinario de evolución desde su verdadera magnitud y es cuando comenzamos a confundir el apego con el amor. Los celos y hasta los golpes con el amor. “Si le dan celos es porque me ama”, es una frase que nos tiene atrapados en un aberrante autoengaño. “Te quiero” es un modo de decir “te amo Light”. Es a lo más que llegamos.

En alguna ocasión llegó un escrito a mi vida que decía que para sentirte mejor había que buscarse un amante. Un amante puede ser una persona, explorar la naturaleza, realizar un trabajo con inspiración, una extraordinaria conexión con el arte, descifrar una ecuación matemática o un amante puede ser llevar una vida llena de Dios, fe y compasión. Porque la palabra “amante” viene de la palabra amor, y creo que es tiempo que esa palabra que suena tan peyorativa en nuestra sociedad vuelva a alcanzar su verdadero significado. Un amante es aquello con lo que comulgas y te hace crecer, expandirte e irradiar. Todos hemos sentido eso pero le ponemos otras palabras. El amor no es cursi, ni doloroso, ni prohibido. El amor es fascinante, transforma, sana y nos transporta a dimensiones más ligeras donde encontramos más coherencia con el hecho de existir.

Firma - Gabriela Mondragón
Gabriela Mondragón
Directora General

 

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