Muerte autoinfligida

♦ LA VIDA, LA MUERTE, EL SUICIDA.
Hay quienes celebran la vida, hay quienes predican la muerte. La vida es un tema que regocija, la muerte un tema poco grato. La vida es la fragancia de los que se adjudican ser positivos, la muerte el ropaje lúgubre del fatalismo. Pero el hecho es que la vida y la muerte no están separadas; ninguna es peor ni mejor, tampoco son opuestas ni contrarias, son simplemente inherentes. Una misma energía, un mismo fenómeno subyaciendo hermosamente en todo, incluso en el acto de inhalar y exhalar. El tema más trascendental de la psicología es sin duda la alquimia, cuya esencia es la vida y la muerte, y el suicida quizá, la persona que más intensamente ha estado en presencia de ambas. El suicidio tiene estigma y tiene mito, pero ni lo uno ni otro sabe de engullir manzanas agrias estando enmarañado entre ramas.
♦ EL POZO DE LA DESESPERACIÓN.
Muchos de nosotros hemos pensado, más de dos veces, a lo largo de nuestra vida, en recurrir al suicidio como la única solución al profundo dolor provocado por un conflicto. Pregonando así, a veces sin saberlo, la extraña máxima establecida por Nietzsche de “morir a tiempo”. Algunos nos arrepentimos, otros damos el paso hacia la muerte en su promesa bienhechora de que todo dolor cesa bajo su regazo. Sin embargo, una cosa hay que tener bien clara: el suicidio no se elige; sucede cuando el dolor es mayor que los recursos para afrontarlo. La conducta suicida surge como respuesta a una situación que la persona experimenta como brutalmente abrumadora. El contexto puede ser el desempleo o los problemas económicos, la vejez, los sentimientos de culpa, el desamor, la sensación de fracaso, la incertidumbre, la dependencia a las drogas, una terrible enfermedad, incluso la existencia misma vista como un conflicto.
Pero en general, el detalle de las causas es lo menos importante porque nadie puede percibirlas, tan intensa y profundamente como la persona que se tambalea entre la vida y la muerte. Por un lado, el instinto de supervivencia le dicta vivir, pero por otro, el intenso dolor emocional embota todas las salidas, excepto el de la muerte. Dado el trauma social que el suicidio provoca, ha requerido de diversas explicaciones. Por ejemplo, que las personas más vulnerables son aquellas que presentan un descenso en los niveles de serotonina; también de que existe como herencia una predisposición genética; y más dramáticamente, que es una conducta común y que a cada sociedad le corresponde un determinado número de suicidios. Sin embargo, cualquier opinión que se tenga acerca del tema su núcleo es, contrariamente a lo que se pueda pensar, que la persona que recurre al suicidio también se aferra a la vida. No es una decisión matarse, es un acto dolorosamente desesperado que en ese momento, y dadas las circunstancias se percibe como la única salida para terminar, de una vez por todas, con el terrible sufrimiento que nos afecta. En ese preciso momento, la desesperanza total nos dicta que es la única manera de cesar la consciencia y no necesariamente la vida, aunque la involucre. Para el observador externo, la acción de quitarse la vida puede parecer poco o nada razonable; pero para el suicida, el acto de matarse es completamente lógico. En su fuero interno se libra una tormentosa batalla de pensamientos ambivalentes entre morir y vivir, y la angustia de desear profundamente ambas; hasta que finalmente, el dolor, la desesperanza y el desamparo ganan la partida.
♦ LAS SEÑALES DE LA APROXIMACIÓN.
A lo largo de nuestra vida aprendemos diversas formas de solucionar los problemas. Algunas personas tienen más recursos para afrontar que otras.Pero es algo que siempre se puede aprender de muchas maneras, incluyendo la psicoterapia. Los intentos de suicidio siempre deben tomarse en serio. No hacerles caso y verlos como un acto para llamar la atención puede tener consecuencias fatales. El suicidio no se puede prevenir, pero ya sea que deseemos apoyar o que nosotros mismos estemos en la oscuridad del túnel, siempre hay pistas que nos indican la envergadura del conflicto. Estas pistas no significan que necesariamente sean indicadores de suicidio, pero son señales que conviene atender: en la mayoría de los casos el suicidio va acompañado de depresión, es decir, tristeza persistente, desgano, pesimismo, falta de entusiasmo, aislamiento. Hablar de suicidio o bromear al respecto, expresar frases que lleven el sentimiento de “mejor estar muerto”, actuar temerariamente con frecuentes conductas de riesgo, visitar amigos o familia a modo de despedida; también son señales que no hay que perder de vista. No obstante, el grado de desesperación que estemos sintiendo, hay que considerar que existen medidas inmediatas. Una, es hablar con las personas que son importantes para nosotros y contarles lo que nos pasa; y otra, no postergar la consulta psicológica.
♦ SOBREPONIÉNDOSE AL DOLOR.
El mundo no es exactamente como nos gustaría y la vida a cada instante nos presenta diferentes retos. Sin embargo, algo importante de no olvidar es que la vida, en su infinita sabiduría, jamás nos impone un reto más allá de nuestra capacidad para afrontarlo. No importa que tan obtusa nos parezca en ese momento la salida, la solución de cualquier problema siempre está inherente en la causa del conflicto. La vida siempre es impredecible y cualquier situación adversa puede cambiar de un momento a otro. Mientras se tenga vida, la oportunidad de corregir cualquier plana, la perdurable ocasión de aprender y trascendernos, siempre está presente.Hay muchas personas que mueren tarde y hay otras que mueren demasiado pronto, pero ninguno de nosotros muere a tiempo si no hemos conocido la trascendencia de sí mismo.Para morir correctamente hay que estar preparado, y la única preparación es el modo correcto de vivir. No importa el rumbo, en la fertilidad de la vida siempre hay oportunidad.
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