La Agresividad

TEXTO Arturo Archila Psicólogo Clínico / IMAGEN la boutique creativa
El pan nuestro...
La agresividad es un rasgo común en todos nosotros. Un rasgo cuya manifestación primigenia está más asociada a un rostro irascible, intolerante, inflexible y a veces hasta violento. La palabra agresividad hace referencia a un conjunto de patrones que se manifiestan con intensidad variable, desde gestos y palabras hasta el altercado físico. Todo ello muy evidente en las cotidianas manifestaciones de relación humana. No cabe duda que las formas más desgarradoras de la agresividad se manifiestan hoy, cada día, con mayor frecuencia en nuestra sociedad. El gesto metafísico de pedir y agradecer el pan nuestro de cada día se ha deformado en la terrible mueca de recibir cada día, en manos del prójimo, la hiel de la agresividad manifiesta socialmente cada vez con mayor crudeza. Actualmente encontramos la agresividad en los diferentes círculos de nuestra vida: en el hogar, en el tráfico, en la oficina, en las calles. Estamos tan saturados de agresividad que para la mayoría de nosotros es sinónimo de violencia, ira, amenaza y daño. No hay duda que la evocación de la agresividad es la imagen de nuestra conducta más primitiva. Se ha dicho que la conducta agresiva es una manifestación básica, incluso necesaria, en la actividad de los seres vivos. Pero quizá ha llegado el momento de cuestionarse, ¿Hasta donde podemos admitir ese grado nato de agresividad? ¿Es realmente necesaria como lo proponen algunos psicólogos, o peor aún, como lo proponen la mayoría de ideólogos mortecinos de la competitividad?
Lo nato, lo aprendido y lo contaminado
Muchos psicólogos podrían encabezar el listado TOP de los que opinan que la agresividad es un componente innato de nuestra estructura biológica; y creo que es muy arriesgado decir lo contrario a merced de quedar como un tonto. La respetable psicóloga Clara Thompson, por ejemplo, dice que la agresividad no es necesariamente destructiva, “que deriva de una tendencia innata, que parece ser característica de toda materia viviente, a crecer y dominar la vida”. De esta idea en particular se habla de una agresividad sana, es decir, un impulso positivo a comprender y dominar el mundo exterior. Por mi parte, el concepto de “agresividad sana” no termino de digerirlo. Pienso que los psicólogos debemos darnos a la tarea de buscar otro término para describir el impulso o la fuerza vital de llegar a Ser. O sé es agresivo o no se es. Solo existe una agresividad que se manifiesta de mil maneras, desde la ingrávida, a veces imperceptible, pero capaz de destrozar y causar el daño más profundo, hasta la forma más explicita de crueldad. Entre menos maquillada tengamos la conducta más fácil nos será verla, comprenderla y transformarla. No hay vuelta de hoja, estamos atiborrados de un mundo que escurre agresividad, esto la lía con otras conductas de amenaza, de ataque, de sumisión, de miedo, de ira, y de escape. La fisiología de la agresividad, entre otras cosas nos señala, que por las mismas razones mantenemos el sistema circulatorio saturado de adrenalina; somos una bomba de tiempo propensa a estallar (¡y lo hacemos!), en cualquier momento. No importa el lugar, no importa con quién, ni siquiera el motivo porque una vez activado el mecanismo, nuestra capacidad de pensar se inhibe casi por completo y nuestra ira irracional se exacerba hasta más no poder.
Los caminos energéticos de la agresividad
La realidad cotidiana nos demuestra que casi todos tenemos algún tipo de dificultad para dominar nuestros sentimientos destructivos. La agresividad comienza adentro. Todas las pequeñas y grandes manifestaciones de violencia social, tienen su epigénesis en nuestra propia psiquis y su dinámica de interacción. Por lo mismo, nadie se exime de su cuota de responsabilidad en la violencia del mundo. ¿Podemos cambiar nuestra forma de pensar y de actuar? ¿Se puede ser más pacifico y menos agresivo? Es común que frente a la ira tengamos solo dos alternativas: o reprimirla o expresarla; pero ambas acciones resultan finalmente adversas. La ira es energía nerviosa intensa, cuando tratamos de reprimirla hacemos una tontería con nosotros mismos. La energía no puede ser suprimida, sólo puede ser transformada. Una energía reprimida tarde o temprano, se somatiza; se volverá dolor de cabeza, ulcera, colon irritable, etc.
Existe un 75% de probabilidades de enfermarse por reprimir la cólera. Cuando la reprimimos estamos creando una herida dentro de nosotros. Puede ser que guardemos la postura hacia los demás, pero todo nuestro sistema esta lleno de cólera que se va expresando a través de una conducta irritable. Un enfado manifiesto al hablar, al movernos, de ceño fruncido. Un enfado presente en cada acción porque la ira reprimida es como un veneno que inunda toda nuestra personalidad. La otra opción es expresar la ira. Pero si la expresamos, entonces se vuelve una reacción en cadena donde mutuamente nos contaminamos unos a otros. Una sociedad agresiva es la suma de los individuos agresivos que la conforman. Al expresar nuestra ira no solo creamos ira en la persona que la recibe sino además, creamos en nuestro cerebro una conexión neurológica que nos lleva a repetir actos de agresividad con mayor continuidad y cada vez con más intensidad. Este es nuestro drama y el drama del mundo.
La energía se transforma
Si todo nuestro sistema circulatorio está impregnado de irritabilidad, una forma inmediata de sacudirla es mediante una actividad física. Pero no hay que engañarse, esto es solamente un paliativo, herramienta útil en su momento pero no suficiente para comprender con profundidad la rabia, el miedo y la tristeza básica del comportamiento humano. El acto de comprendernos fundamentalmente es el acto de observar. No debemos ni reprimir ni entregarnos a la ira, sino observarla sin juicio. La acción de auto-observarse no es metafísica, ni meditación, ni budismo, ni cuento chino. Es solamente estar, de momento en momento, permaneciendo pasivamente alerta en profunda auto-observación. Hoy más que nunca, lo que nos resta por comprobar en nuestro propio laboratorio psicológico, es como la energía de la agresividad se transforma en profunda paz, en la sencillez de un estado pleno de atención.
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