Duelo por nuestras perdidas
“Aprender a vivir es aprender a desprenderse”. Sogyal Rimpoché. El libro tibetano de la vida y de la muerte TEXTO Ligia Pineda PINTURA Virginia Filip La elaboración de las pérdidas es posiblemente un tema central en la existencia humana. Lo dijo el poeta venezolano Rafael Cadenas: "La pérdida nos pertenece". Lo suscribió también el escritor italiano Italo Calvino: "El universo es un equilibrio de llenos y de vacíos". Y es el que el dolor de la ausencia es una certeza en la vida. A lo largo de la vida, desde el nacimiento como primera dolorosa separación, la influencia de nuestra cultura, nuestro bagaje genético, el medio social, influidos por nuestra historia personal llena de datos biográficos, viajamos a lo largo del ciclo de nuestra existencia, en un continuo discurrir de vínculos y de pérdidas.. Sufrimos pérdida ante la muerte, por la ruptura de una relación significativa, al asistir a la escuela por primera vez, por un divorcio, por el matrimonio, al lidiar con adicciones y ante el retiro. Debemos agregar que nuestras pérdidas no incluyen sólo nuestras separaciones y nuestros adioses a los seres queridos, sino también la pérdida de nuestros sueños románticos, nuestras esperanzas irrealizables, nuestras ilusiones de libertad, de poder, de seguridad, así como la pérdida de nuestra juventud. Cada una de esas pérdidas deben pasar por su proceso de duelo. Este proceso es un camino sinuoso y complejo que supone una experiencia intensa a nivel psíquico, emocional, mental y espiritual. Ante la llegada de esa pérdida inesperada y, muchas veces, incomprensible, cada persona vive su dolor opresivo y personalísimo. Sin embargo, es innegable que el sufrimiento forma parte de la vida, por lo que, saber crecer a través del dolor y del duelo, es el único camino hacia una vida plena. Para entenderlo mejor, suelo pensar que nuestra vida tiene siempre un sentido y que un duelo nos viene a opacar o a borrar dicho sentido de vivir... su “para qué”. De ahí la importancia de hacer este proceso restaurador. Podemos entender este proceso mediante un símil: el sentido de la vida es dar frutos. Nosotros somos un árbol cualquiera, tenemos esa capacidad, y la muerte de un ser querido se convierte en un agente bloqueador que impide nuestra expresión. La solución a este bloqueo es, entonces, reiniciar el proceso de desarrollo del árbol mediante la siembra de una nueva semilla en tierra fértil. Al sembrarla en la tierra oscura, al principio recibimos la nutrición y el cuidado de los demás y sentimos su apoyo y confianza, y logramos así empezar a crecer con la ilusión de que algún día cumpliremos nuestro objetivo de volver a dar nuevos frutos. Sin embargo, en un principio, la semilla sólo crece por medio de la raíz, hacia el fondo de la tierra, por lo que el camino aparece más oscuro. Pero a medida que pasa el tiempo y la raíz se hace más profunda, poco a poco sale el tallo a la luz exterior. El camino, entonces, se torna claro y posible para nuestro objetivo. Con el paso de los días, y sólo con raíces fuertes que se logran con el tiempo y el manejo adecuados, el tallo va creciendo con firmeza hasta convertiste en todo un árbol frutal, renaciendo de nuevo la vida y reencontrando su “para qué”. En este proceso a veces estamos como el tronco, creciendo hacia arriba, sintiendo la fuerza y la confianza en todo lo que hacemos, viendo con claridad nuestras metas y caminos. En otras ocasiones, crecemos únicamente como raíz, viendo sólo lo oscuro de la tierra, perdiendo la lucidez y el bienestar logrados. Todo esto ocurre en el duelo. A veces, sentimos que ya logramos superar el dolor y, momentos después, nos hundimos en él y en la tristeza, sintiendo que estamos mucho más lejos de nuestra meta. Lo importante es que recordemos que, sin importar el dolor, todos tenemos semillas guardadas que hay que volver a sembrar en la tierra fértil, que hay que cuidar al máximo dándonos “tiempo y permiso” y que hay que entender que los momentos de oscuridad y dolor son normales mientras se fortalecen las raíces que harán crecer una nueva planta sana y fuerte. En síntesis, todo duelo trae consigo una serie de cambios que deben ser vividos y reconocidos. Si logramos enfrentar exitosamente esos cambios, podremos entonces, experimentar un crecimiento. Es por ello que, aún cuando el cambio sea doloroso es importante y necesario vivirlo para poder aprender de él. La estrategia fundamental para el manejo del duelo se resume en “darse tiempo y permiso” para poder abordar de forma consciente el proceso y salir adelante. Encontrar de nuevo, o reafirmar el sentido de nuestra vida, se convierte en un trabajo central del proceso de duelo que puede volverse más trascendente, en el sentido espiritual, de lo que antes era.
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