El amor perdido
TEXTO Arturo Archila / IMAGEN la boutique creative EL ESTADO DE SEPARACIÓN Quizá la necesidad más profunda del hombre sea la de superar su separatidad. El acto mismo de nacer, trae consigo este hecho: lo incierto y la sensación de no estar completo. No cabe duda, es de ahí donde surge toda nuestra recóndita angustia a la soledad. ¿Será que el fracaso de ese fin conduce a la multiplicidad de nuestra locura? (Obsesiones neuróticas, compulsiones, depresión, cólera, culpa, relaciones infructuosas, y toda la gama de disfunciones y parafernalias sexuales.) La vivencia de la separatidad tiene origen físico, pero también el intangible sello de lo ontológico. Si partimos del concepto de que amor es la profunda necesidad de ser uno con el Todo, entonces la separatidad y el amor tienen una mutua relación.
LA MAYOR DE TODAS LAS TRAGEDIAS En la angustia de la separatidad, que es la fuente de todas las angustias, la solución la hemos buscado a través de la historia humana, de múltiples formas: la conquista militar, el trabajo obsesivo, la realización artística, el consumo de drogas, el alcoholismo, la complacencia sexual, la adhesión religiosa, el discurrimiento filosófico, que entre otras, han sido compensaciones por demás infructuosas y la mayoría de ellas completamente destructivas. Pero la separatidad nos conduce a otra relación más fundamental, a la búsqueda de Amor. Es decir, a la necesidad básica de fundirnos con otra persona para trascender de ese modo la prisión de sentirnos incompletos y separados. En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, nos encontramos a nosotros mismos y nos descubrimos ambos, finalmente, para disolver en una unidad el tú y el yo. Ésta es la esencia del mito de cuando el hombre y la mujer fueron uno, y que a partir de nuestra división, cada quién busca la parte que le corresponde para unirse nuevamente a ella. Mito que en su transposición psicológica fundamenta nuestra necesidad de unión tanto existencial como biológica. El impulso más común e importante en la trascendencia de la separatidad ha sido el orgasmo sexual en pareja, donde impulsados por el inexorable deseo de sentirnos necesitados y de necesitar a alguien, culminamos en el acto que llamamos “hacer el amor”. ¡Y por unos instantes! De pronto, en la experiencia orgásmica, nuestra sensación de separación se desvanece, retornando a la unidad; pero desgraciadamente, al concluir, de inmediato nos sentimos más separados que nunca y ello nos impulsa a recurrir a tal experiencia, o con más frecuencia (creciente), o buscando otras compensaciones que finalmente nos van destruyendo. Puesto que el deseo sexual es una manifestación de la necesidad de amor y de unión, es sin duda, junto a la espiritualidad, la puerta más próxima de la trascendencia de la separatidad. El punto es que algo olvidamos en el camino, truncando ese fino intercambio psico-afectivo-genital-energético. La infelicidad y el descontento que a diario nos carcome a todos, surgen del averno psicológico de trascender nuestra separatidad y de los amorfos caminos de compensación que hemos elegido. Hay muchas tragedias en la historia de la humanidad. El olvido de cómo hacernos el amor mutuamente, hombre y mujer, quizá sea la mayor de esas tragedias.
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